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miércoles, 14 de octubre de 2009

No debiera de quererte (autobiografía en dos partes y unas letras sobre 'Ágora')


No debiera de quererte (autobiografía en dos partes y unas letras sobre ‘Ágora’)

Primera parte de la autobiografía: En los últimos cuatro años he perdido un trabajo, varias novias, un montón de dinero en compras fuera de mercado y compañías nada edificantes, mucha capacidad pulmonar, algunos carnés y gran parte de lo que fue mi identidad. También he visto a Oli marcar en Chapín y un 2-6 en el Bernabéu. Y he leído, mucho, comenzado a escribir esa novela una y otra vez, cantado en Cádiz en Carnaval, me he abierto una cuenta en feisbú, he subido al Machu Picchu y recorrido las arenas del Sahara. En el mismo tiempo, Alejandro Amenábar se ha gastado, bueno él solo no, 50 millones de euros en hacer Ágora.
Si me los hubieran dado a mí, a estas alturas yo sería un fiambre a subastar para el estudio forense, y no habría quedado pasta para rodar. Así que mejor dejarlo como fue. Y no digo todo esto porque valore una cinta en función de su presupuesto, ni a un director por el tiempo que se toma entre obra y obra. Me parece fantástico que se gaste lo que haga falta, y en este caso hacía falta bastante, y que se tome su tiempo. Todo el tiempo del mundo.

Segunda parte de la autobiografía: No estoy bautizado. Milito en una asociación de ateos y en una organización política de izquierdas. Aprendí a leer manchándome las manos con la tinta de los periódicos en una casa llena de libros, donde una estantería completa estaba reservada a la investigación marxista. Iba a clase de Ética. Mis primeras cintas fueron de Barón Rojo y Kortatu, y aún hoy soy capaz de cantar Hipócritas católicos de La Polla Récords sin equivocar la letra. Tengo amigos poetas, músicos, cultos y canallas. Frecuento un centro social autogestionado. Me apasionan la historia y la filosofía, también las de las religiones, devoro ensayos, novelas, manuales y prospectos varios cual papelones de pescaíto. Tanto me apasionan que intento convertirlas en mi profesión.
Pop supuesto, como decía aquel, “I wasn’t born yesterday, you know, I’ve seen movies”. Es decir, que he ido al cine. En otros tiempos incluso de manera enfermiza. Y cuando me gusta la película, me gusta mucho. Tanto me gusta a veces, que cuando abandono la sala me olvido de que soy fumador.

Crítica: Hay un claro problema desde el arranque de la película. En los primeros dos minutos se cuenta toda la historia, así que si se aburren pueden salir tranquilamente de la sala y dirigirse al bar a fumar, beber cerveza y esperar allí a su partenaire. Y ese subrayado de las primeras escenas está presente en toda la cinta, como si fuera necesario explicar dos y tres veces lo que sucede, como si el espectador fuese, digámoslo suavesito, cortito de entendederas. El clímax pedagógico se alcanza con la inclusión de textos del tipo “Hipatia era una mujer muy buena que vivió en tiempos turbulentos...”, más propios para su impresión masiva en las marquesinas de los autobuses urbanos en el auge de la campaña de marketing que como fácil recurso para hacer avanzar la narración o explicar aquello que no se ha logrado contar con imágenes.
Intenta Amenábar decir demasiadas cosas a la vez. Y se aturulla. Ágora no se hace larga, aunque lo sea, pero tampoco llega a ningún sitio. No entra de lleno en la biografía de Hipatia, y ahí hay una historia de las buenas; no alcanza como recreación histórica, pese a que el director se recrea en su cartón-piedra de qualité como si quisiera amortizarlo y camina aburrida y remarcadamente por las transitadas vías de la normatividad del cine de género; pretende hondura filosófico-política y ni siquiera es una pataleta maniqueísta; las presuntamente necesarias concesiones romántico-intimistas se ven lastradas por unos actores faltos de fuerza y una incoherente love story que pulula por la narración cual molesta mosca veraniega; los evidentes paralelismos con la contemporaneidad, que hubieran podido dar lugar a una reflexión política radical y/o sutil evocación metafórica, quedan diluidos por la insistencia en explicitarlos y la ausencia de análisis sobre el conflicto social del que la religión es en gran parte sólo una expresión; la denuncia sobre el patriarcado no encuentra correspondencia en la frialdad de la protagonista, perdida en un guión que parece invitarla a abandonar la escena; a la sucesión de imágenes de golpes, polvo y sangre, ya vistas en cienes y cienes de películas, les falta ira, pasión y originalidad; y su anunciada espectacularidad visual se reduce a unos repetitivos planos satelitales del Delta del Nilo y otros no menos repetitivos de la bóveda celeste (ya sabemos dónde está Egipto y que Hipatia fue una gran astrónoma, ya). Todo esto aderezado con una ruidosa e incongruente banda sonora que trasluce voluntad de epatar y sólo consigue enturbiar aún más la ya deshilachada narración.
Y pese a todo lo que intenta decir, o quizá precisamente por ello, se olvida o solo toca muy tangencialmente muchas otras cosas: Egipto como cuna del saber occidental, el conflicto político ateismo-politeísmo-monoteísmo, la relación metrópoli imperial-colonia, el definitivo enterramiento de la edad antigua y el cristianismo como pretendido punto final en la legitimación de la sociedad patriarcal, la tergiversación de la ira popular por parte del poder, la importancia y necesidad del saber histórico, ...

Ni chicha ni limoná. Ni profunda revelación filosófica ni revisitación palomitera del cine histórico clásico. La película se dejará ver en una sobremesa televisiva de zapeo y siesta, pero no creemos que el público de las multisalas, una vez captados los incautos reclamados por la intensa campaña de marketing, quede satisfecho tras dos horas de fracasado, frío y aburrido pseudopéplum. Una lástima, porque la combinación de buen material narrativo y director ambicioso con talento para las propuestas personales en lo estético podía haber dado lugar a una obra original, con garra, de esas que hacen que cuando sales del cine te olvides de que eres fumador.
¿Tienes fuego?

(aquí el director habla sobre su película)

sábado, 12 de septiembre de 2009

De cine y festivales







Mi primera (¿y única?) crítica de cine
(a M. O., con admiración e inspiración)




Siempre ha sido el caos. Con sólo pequeños interludios en los que se hace el verbo, pero el caos es el rey.

Mientras el Cádiz promete la temporada más anodina de su existencia y acabo la paquetilla, mientras me doy cuenta de que el bloody mary tiene demasiada pimienta y los mercenarios preparan sus máquinas de matar desde el aire para arruirnarnos la mañana del domingo con la escandalosa aquiescencia de los poderes locales y el regocijo de las familias que acercan a sus hijos a tocar a los asesinos trasmutados en héroes por gracia de alguna prensa local; mientras, en fin, la radio reinventa una nueva temporada balompédica, las pantallas fermentan nuevas imágenes para la sesión de esta noche. La división de la alegría espera.

Era jueves por la tarde. First thing you learn is that you always gotta wait. Y después de esperar el nota me deja tirado. Hay que esperar al viernes. La película está anunciada a las nueve, y eso no hay dealer en el mundo que lo pueda cambiar. Tampoco las prisas de P. Así que compuesto y sin nada en los bolsillos pero con novia me llego a la catedral del carnaval reconvertida para la ocasión en sala de cine. Y allí que están todos los petimetres locales dispuestos a una nueva ración de hipocresía social con tal de salir en la foto. Lo llaman gala de inauguración, y parece que a la gran mayoría de los culturetas locales (y pop supuesto a la alcaldesa que padecemos) les interesa mucho más que la película. Desfile de modelos horteras, saludos carroñeros y vanidades de halago fácil. Sobre el escenario una hora de insoportables chistes machistas aderezados con videos propios de una escuela de primaria. La malahostia no tarda en aparecer. El humor perfecto para encarar la proyección de ‘Gonzo: The life and work of Dr. Hunter S. Thompson’ (nombre que a la presentadora le resultaba enormemente difícil pronunciar). Con la sala ya vacía de (casi) todos los buscafotos –alcaldesa incluida-, y una hora y media más tarde, por fin empieza la puta película (no pongas tacos niño, que es signo de falta de creatividad).

A las gentes que se quedan en el semivacío teatro no parece gustarles. Se les hace larga. Se levantan. Hablan. El tic-tic de los abanicos. Los vericuetos de la política estadounidense de los setenta son demasiado para ellos. A mi novia y a mí nos entretiene. Ella descubre un nuevo personaje (sí, sí, no sabía quién es Thompson), y yo me complazco en el maremágnum de psicodelia, bacanales, 22 armas de fuego cargadas y el desencanto de la derrota de la subjetividad que busca la verdad frente a la tristemente inexorable victoria de la objetividad del Imperio.

El documental aguanta por el personaje. Aunque logre trenzar sabiamente los escritos del desfasado doctor Thompson y consigue convertir la palabra periodística –perdonen el término, pero en aquel entonces todavía no daba tanto asco hablar de periodismo- en imagen cinematográfica sin perder potencia metafórica, se pierde en la longitud.
Entre los peros; el tono marcadamente hagiográfico priva al espectador de la parte oscura de Thompson, su carácter cambiante y su por momentos infierno doméstico e interior. Se echan en falta más intervenciones de su primera mujer, sensatamente enamorada y sensatamente divorciada. Y falta profundizar en el alcoholismo y la personalidad abrumadoramente yonki del enorme escritor. Y faltan más cosas también.
Acierta por contrario cuando permite que el propio reportero explique su conversión en mito: “Ahora sería mejor que me muriera, ya no soy necesario”. Y acierta con la apabullante banda sonora, aunque lo difícil hubiera sido joderla, teniendo en cuenta que los periodos de mayor interés creativo de Thompson son las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, problemático y febril. Y a momentos es divertido, ágil.

Mucha intertextualidad, una narrativa correcta y coherente, un entretenimiento formativo de aproximadamente una hora y veinte minutos, algo de incomodidad en las butacas, ganas de fumar acrecentadas por el sempiterno pitillo en los labios del doctor. Y la sensación de que al documental le faltaba una buena dosis de esa malahostia que te entra al tener que soportar una así llamada gala de inauguración a la que ni por asomo habías planeado asistir.


"No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más natación. 67. Eso es 17 años pasados los 50. 17 más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre estoy gruñón. Ninguna diversión –para nadie. 67. Te estás volviendo codicioso. Actúa según tu edad. Relájate –esto no dolerá." Nota escrita por Hunter S. Thompson a su esposa el 16 de febrero de 2005, cuatro días antes de dispararse en la boca con una pistola del calibre 45.

Gonzo: The Life and Work of Dr. Hunter S. Thompson
Alex Gibney
Reino Unido, 2008. 118 min. V.O.S.E.
Guión: Alex Gibney y Hunter S. Thompson
Fotografía: Maryse Alberti
Música: David Schwartz
Producción: Graydon Carter, Alison Ellwood y Alex Gibney