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lunes, 7 de diciembre de 2009

miércoles, 14 de octubre de 2009

No debiera de quererte (autobiografía en dos partes y unas letras sobre 'Ágora')


No debiera de quererte (autobiografía en dos partes y unas letras sobre ‘Ágora’)

Primera parte de la autobiografía: En los últimos cuatro años he perdido un trabajo, varias novias, un montón de dinero en compras fuera de mercado y compañías nada edificantes, mucha capacidad pulmonar, algunos carnés y gran parte de lo que fue mi identidad. También he visto a Oli marcar en Chapín y un 2-6 en el Bernabéu. Y he leído, mucho, comenzado a escribir esa novela una y otra vez, cantado en Cádiz en Carnaval, me he abierto una cuenta en feisbú, he subido al Machu Picchu y recorrido las arenas del Sahara. En el mismo tiempo, Alejandro Amenábar se ha gastado, bueno él solo no, 50 millones de euros en hacer Ágora.
Si me los hubieran dado a mí, a estas alturas yo sería un fiambre a subastar para el estudio forense, y no habría quedado pasta para rodar. Así que mejor dejarlo como fue. Y no digo todo esto porque valore una cinta en función de su presupuesto, ni a un director por el tiempo que se toma entre obra y obra. Me parece fantástico que se gaste lo que haga falta, y en este caso hacía falta bastante, y que se tome su tiempo. Todo el tiempo del mundo.

Segunda parte de la autobiografía: No estoy bautizado. Milito en una asociación de ateos y en una organización política de izquierdas. Aprendí a leer manchándome las manos con la tinta de los periódicos en una casa llena de libros, donde una estantería completa estaba reservada a la investigación marxista. Iba a clase de Ética. Mis primeras cintas fueron de Barón Rojo y Kortatu, y aún hoy soy capaz de cantar Hipócritas católicos de La Polla Récords sin equivocar la letra. Tengo amigos poetas, músicos, cultos y canallas. Frecuento un centro social autogestionado. Me apasionan la historia y la filosofía, también las de las religiones, devoro ensayos, novelas, manuales y prospectos varios cual papelones de pescaíto. Tanto me apasionan que intento convertirlas en mi profesión.
Pop supuesto, como decía aquel, “I wasn’t born yesterday, you know, I’ve seen movies”. Es decir, que he ido al cine. En otros tiempos incluso de manera enfermiza. Y cuando me gusta la película, me gusta mucho. Tanto me gusta a veces, que cuando abandono la sala me olvido de que soy fumador.

Crítica: Hay un claro problema desde el arranque de la película. En los primeros dos minutos se cuenta toda la historia, así que si se aburren pueden salir tranquilamente de la sala y dirigirse al bar a fumar, beber cerveza y esperar allí a su partenaire. Y ese subrayado de las primeras escenas está presente en toda la cinta, como si fuera necesario explicar dos y tres veces lo que sucede, como si el espectador fuese, digámoslo suavesito, cortito de entendederas. El clímax pedagógico se alcanza con la inclusión de textos del tipo “Hipatia era una mujer muy buena que vivió en tiempos turbulentos...”, más propios para su impresión masiva en las marquesinas de los autobuses urbanos en el auge de la campaña de marketing que como fácil recurso para hacer avanzar la narración o explicar aquello que no se ha logrado contar con imágenes.
Intenta Amenábar decir demasiadas cosas a la vez. Y se aturulla. Ágora no se hace larga, aunque lo sea, pero tampoco llega a ningún sitio. No entra de lleno en la biografía de Hipatia, y ahí hay una historia de las buenas; no alcanza como recreación histórica, pese a que el director se recrea en su cartón-piedra de qualité como si quisiera amortizarlo y camina aburrida y remarcadamente por las transitadas vías de la normatividad del cine de género; pretende hondura filosófico-política y ni siquiera es una pataleta maniqueísta; las presuntamente necesarias concesiones romántico-intimistas se ven lastradas por unos actores faltos de fuerza y una incoherente love story que pulula por la narración cual molesta mosca veraniega; los evidentes paralelismos con la contemporaneidad, que hubieran podido dar lugar a una reflexión política radical y/o sutil evocación metafórica, quedan diluidos por la insistencia en explicitarlos y la ausencia de análisis sobre el conflicto social del que la religión es en gran parte sólo una expresión; la denuncia sobre el patriarcado no encuentra correspondencia en la frialdad de la protagonista, perdida en un guión que parece invitarla a abandonar la escena; a la sucesión de imágenes de golpes, polvo y sangre, ya vistas en cienes y cienes de películas, les falta ira, pasión y originalidad; y su anunciada espectacularidad visual se reduce a unos repetitivos planos satelitales del Delta del Nilo y otros no menos repetitivos de la bóveda celeste (ya sabemos dónde está Egipto y que Hipatia fue una gran astrónoma, ya). Todo esto aderezado con una ruidosa e incongruente banda sonora que trasluce voluntad de epatar y sólo consigue enturbiar aún más la ya deshilachada narración.
Y pese a todo lo que intenta decir, o quizá precisamente por ello, se olvida o solo toca muy tangencialmente muchas otras cosas: Egipto como cuna del saber occidental, el conflicto político ateismo-politeísmo-monoteísmo, la relación metrópoli imperial-colonia, el definitivo enterramiento de la edad antigua y el cristianismo como pretendido punto final en la legitimación de la sociedad patriarcal, la tergiversación de la ira popular por parte del poder, la importancia y necesidad del saber histórico, ...

Ni chicha ni limoná. Ni profunda revelación filosófica ni revisitación palomitera del cine histórico clásico. La película se dejará ver en una sobremesa televisiva de zapeo y siesta, pero no creemos que el público de las multisalas, una vez captados los incautos reclamados por la intensa campaña de marketing, quede satisfecho tras dos horas de fracasado, frío y aburrido pseudopéplum. Una lástima, porque la combinación de buen material narrativo y director ambicioso con talento para las propuestas personales en lo estético podía haber dado lugar a una obra original, con garra, de esas que hacen que cuando sales del cine te olvides de que eres fumador.
¿Tienes fuego?

(aquí el director habla sobre su película)

viernes, 17 de julio de 2009

I Concilio Ateo, Toledo 2007



acérquense a la FIdA, también en Cádiz

jueves, 25 de junio de 2009

Religión es politíca, ateísmo es política

Habitamos en una situación histórica y económica determinada por el neoliberalismo y por el poder abstracto del capital. Esto ha dado lugar a formas de autoritarismo menos evidentes que en épocas anteriores. Aliado con este nuevo imperio está el neocristianismo, con sus diversas ramas, ficticiamente enfrentado a un creciente fenómeno de islamización en los centros urbanos de Europa y en las sociedades periféricas de Asia y África. Ambos fenómenos ideológicos se basan en la irracionalidad y en la tradición, se retroalimentan mutuamente y mantienen a la humanidad en un ilusorio pulso de "civilizaciones".

La influencia moral que ejercen tiene claras consecuencias sobre la vida de la población, porque finalmente operan en el campo de la actividad política, entendida no como el conjunto de mecanismos y relaciones que favorecen la convivencia entre individuos libres, sino, por el contrario, en tanto que instrumento de control, de sedación y de adoctrinamiento. El complejo religioso, tal como se presenta en sus diversas variantes, requiere para su subsistencia de un modelo social jerárquico, y apela a la "libertad de culto" (o a la hegemonía ideológica) para imponer sus doctrinas y mantener sus privilegios.

Al anclarse en mitologemas, pueden prescindir de mayores explicaciones y seguir interfiriendo en el discurso político, oponiéndose a la racionalidad crítica que debería aplicarse en dicho contexto. Una racionalidad que, por otra parte, sólo puede provenir de una posición vital ajena por completo a cualquier fideísmo.

De manera que, en referencia a nuestro mundo y a nuestra cultura, la exigencia de una moral autónoma es el punto de partida necesario para una transformación radical de las relaciones sociales y para crear un espacio público de libertades reales, superando así el dominio de las ideologías religiosas o mercantiles, que reducen al ser humano a la categoría de siervo productor, de enajenado soporte de la mercancía y de objetivo pasivo de la manipulación y de la propaganda.

Es éste el mejor momento, pensamos, para que el ateísmo abandone un espacio acrítico de "pura opción filosófica" para convertirse en un potente factor de transformación social. El ateísmo contemporáneo implica la "descristianización" y la "desislamización" de las sociedades, el demoler mediante una crítica subversiva, punto por punto, toda esa red de mitologemas que justifican el poder verticalizado, la desigualdad de géneros, la explotación económica o la reducción de la cultura a una simple pieza del intercambio mercantil.

La jerarquía y la autoridad se basan en la aplicación terrenal de modelos celestiales. La religión es así el último bastión de cualquier ideología de la rapiña. Ser ateo, pues, implica un compromiso, una cierta clase de “insurrección existencial”, que detecte y neutralice, en la medida de lo posible, las ramificaciones y las consecuencias de la relación Señor-esclavo. El imaginario religioso no tiene otro objeto que la adecuación de los grupos humanos a un sistema de esclavitud libremente aceptado.

La religión es política. Tan simple ecuación permite establecer el principio de que la lucha contra la religión también debería ser materia política. Y de que se abordaría tanto desde presupuestos teóricos como desde una multitud de plataformas de activismo práctico, en forma de pequeñas organizaciones dotadas de coherencia interior y con estrategias claras, que incidan en reivindicaciones, acciones y gestos capaces de romper la gramática cultural que sustenta a la religión y a sus derivaciones. La ironía, la burla o la sátira constituyen una excelente herramienta, dado que ponen al descubierto el carácter superfluo y parasitario del clero, dejando en evidencia la inanidad de su discurso ultraconservador.

La religión es engaño masivo, ficción mitológica inspiradora de servidumbres voluntarias. El clero de todo pelaje aspira a la restauración de un nuevo tipo de feudalismo ideológico, dominado por la censura y por el miedo. Se da así la paradoja de una sociedad-mercado caracterizada por la uniformización del consumo y de sus redes de distribución, ligada a una atmósfera de revival religioso, en la que cabe cualquier variedad de pensamiento mágico.

Plantear una exigencia de racionalidad atea en un contexto dominado por la restauración idealista puede parecer una tarea abocada al fracaso. No cabe otra opción, sin embargo, que la de alertar acerca de la fase histórica en la que nos encontramos, denunciando el presente proceso oscurantista y examinando cómo las corporaciones religiosas, en su empeño por conservar el control social, buscan y se aseguran una íntima conexión con el poder político y económico.

¿Damos quizá demasiada importancia al papel de las religiones y de sus corporaciones? Es una crítica que se nos dirige con cierta frecuencia. Pudiera pensarse que el proceso normal de la actual civilización de masas desembocará en un predominio de la ética y del pensamiento crítico, que los fantasmas de lo irracional irán perdiendo terreno ante los descubrimientos científicos y que la lucha por los derechos y libertades finalizará con éxito algún día. Pero quien así piense ignorará los fundamentos tanto de la religión como de la megamáquina social que es su producto. Fundamentos que adquieren singularidad a partir de la psicología de masas y de los medios y mecanismos de transmisión cultural.

El ateísmo contemporáneo no puede, entonces, limitarse a una introspección intelectual, ni aspirar a igualarse en derechos con los creyentes, ni obcecarse tampoco en una especie de laicismo republicano que, en ocasiones, aspire a suplantar el papel social de lo religioso, transformándose él mismo en religión civil. Entendido correctamente, el ateísmo no ha de reducirse a la formulación de argumentos ateológicos. Su propio carácter ético induce a adoptar una posición crítica no sólo ante la religión o las filosofías del espíritu, sino también, y principalmente, ante las elaboraciones jurídicas, institucionales y somáticas que predominan en las sociedades contemporáneas y que constituyen un reflejo de aquellas.

Nos referimos, especialmente, a la Familia, el Estado y la Propiedad. Tres construcciones metafísicas. Tres ideologemas en cuyo núcleo respira el espiritualismo y el dogma.
El patriarcado, la interiorización somática de los prejuicios sexuales, el vasallaje ante diversos grupos de presión, el ejército, el sistema penal carcelario, la industria, la penalización de las drogas o la organización del trabajo asalariado conforman otras tantas figuras del orden burgués que, desde un planteamiento radicalmente ateo, deben ser objeto de crítica y denuncia, precisamente en tanto que manifiestan características intrínsecamente ligadas a una interpretación metafísica del mundo.

Ésta es, suponemos, la razón de estas Jornadas sobre librepensamiento. Denuncia y constatación. Pero también búsqueda de remedios y alternativas, de autonomía, de herramientas de lucha. El proyecto FIdA pretende ser un escenario de ideas, pero ante todo un mecanismo de ataque. De ataque a los fundamentalismos, pero también de ataque a quienes por debilidad o interés permiten su avance.

La solución pasa por un desmontaje teórico y por un “contrato” con lo real. Nuestra propuesta de acabar con los monoteísmos, de rechazar con igual pasión la Biblia, la Torah y el Corán -libros únicos que no toleran a otros libros-, es la propuesta de un ateísmo post-cristiano, contra los integrismos y a favor de las luces de la razón y de los saberes de la filosofía más inmanente. Es hora de dar la espalda a las ficciones y a las fábulas. Es hora de plantar cara al odio contra la inteligencia, las mujeres, los cuerpos, los deseos, la vida.

Volver a la carne. A la libertad de los cuerpos, a la salud racionalista, al hedonismo revolucionario, a la inmanencia como ejercicio político. Este es el programa: la autonomía del individuo y la igualdad social. Sin dioses. Sin amos.



Paco Miñarro, coordinador de la Federación Internacional de Ateos (FIdA), en las II Jornadas sobre Librepensamiento de la Federacióon Anarquista Ibérica (FAI)

(más aquí y aquí)

martes, 6 de enero de 2009

Alba Rico sobre Palestina

Qué bello es matar, qué justo es morir

Santiago Alba Rico
Rebelión


“Entonces Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahvé. Y arrasó aquellas ciudades y toda la redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo. La mujer de Lot miró hacia atrás y se volvió poste de sal”.

Génesis 19, 23-26.



La ira de Dios no es sólo justa sino bella, y su belleza misma revela y proclama su justicia superior. ¿Cómo no sucumbir ante este extraordinario cuadro de El Bosco pintado por la aviación israelí? Los cuerpos y las casas que hay debajo, ¿no son derribados precisamente por la hermosura de este fogonazo divino, de este deslumbrante surtidor de luz? Los que no mueren, los que resisten, los que maldicen entre las ruinas, ¿no son por eso mismo culpables y reclaman con su supervivencia misma una nueva eyaculación de azufre y fuego?

Los más viejos atavismos religiosos se apoyan en los más modernos medios de destrucción. Más allá o más acá de las manipulaciones y las mentiras, nos inclinamos fascinados ante la brutalidad israelí porque es brutal y procede del cielo; admiramos su fuerza y no su causa, y es precisamente la verticalidad incontestable de esta fuerza la que la inviste de una legitimidad inalcanzable para la razón: pues es al mismo tiempo, y en el mismo molde, estética y teológica. Antes sólo se podía destruir una ciudad si se era Dios; ahora lo pueden hacer también los israelíes. Del cielo caen únicamente bendiciones milagrosas y castigos merecidos. La superioridad tecnológica de los sionistas -su superior desprecio por la vida humana- activa esta legitimación teológica que sus gobernantes explotan conscientemente, hasta el punto de que es la propia tecnoteología bíblica de los ataques aéreos, como única fuente ya de legitimidad, la que les obliga a repetirlos a una escala siempre mayor. Es tan bonito, tan placentero, tan fácil, tan justiciero, reducir a escombros una ciudad y sería tan difícil, tan feo, tan moralmente degradante tratar de defender racionalmente el sionismo... El Dios de la Biblia que destruye desde el aire es tanto más justo y tanto más bello cuanto mayor es su poder de aniquilación. Sus víctimas embellecen Su potencia, justifican Su existencia, homenajean Su misericordia; cuanto más aumenta el número de muertos, más culpables son los cadáveres y más sublime el agresor; cuantos más niños y mujeres y ancianos sucumben a esta luz maravillosa más maravillosa es la luz y más merecido el castigo. “Desproporcionado” -fuera de toda proporción- sólo lo es Yahvé y esto es lo que quieren decir los medios de comunicación y los gobiernos cuando califican así -respetuosa y admirativamente- el uso de la fuerza por parte de Israel: quieren decir que es “divino”, sobrenatural, sobrehumano, quieren decir que está justificado, que no podemos juzgarlo y mucho menos condenarlo sin cometer un sacrilegio. Los medios (de destrucción) justifican todos los fines. La “desproporción” tecnológica declara su derecho al margen de las leyes humanas y necesita muy poca propaganda para imponerse: basta con que sea capaz de imitar a Dios y “arrasar las ciudades con todos sus habitantes” en medio de un torrente de luz. Hasta los ateos más encallecidos pasaremos por alto los muertos a condición de que sean muchos y de que se usen para matarlos bombas de racimo y fósforo blanco; es decir, a condición de que el asesino sea omnipotente y su potencia de orden religioso y sobrenatural. Israel es un Estado teocrático por su forma de vivir y por su forma de matar. El resto del mundo le admira precisamente por eso. Y cuando volvemos la mirada hacia el espectáculo, como la mujer de Lot, nos convertimos en mudas columnas de sal.

El aire es puro; el cielo es inimputable. El piloto israelí del F-16 no llega a despeinarse; elegante, sofisticado, puntilloso en el cumplimiento de su misión, desinfectado de todos los bajos instintos que podrían empañar su mirada, brillante, irónico, serio, justo, imita a Dios y a El Bosco y vuelve luego a tiempo a Tel Aviv para probar la comida de un nuevo restaurante indonesio y discutir con su novia los detalles del nuevo mobiliario adquirido en Ikea.

¿Y abajo? ¿Qué ocurre entre tanto abajo? ¿Cómo es la gente de abajo?



Aquí los vemos. Son terrestres, primitivos, emocionales, gritones, amenazadores, oscuros, pastosos, supersticiosos, gregarios, andrajosos, feos, pedestres, horizontales, vulnerables, prescindibles: humanos. El artículo de El Mundo que ilustraba esta fotografía añadía que son también “exhibicionistas”: al contrario que los dueños del aire, que preferimos enterrar a nuestros muertos en la intimidad, a los palestinos de Gaza les divierte mostrar los cadáveres de sus niños y proclamar obscenamente su dolor. Al fino antropólogo del periódico español se le olvidaba citar otras diferencias igualmente definitivas: mientras que a los dueños del aire nos gusta morir de viejos en un hospital o en la intimidad de nuestras casas, a los palestinos de Gaza les encanta morir en la calle, en público, reventados sin ningún pudor por una bomba bíblica lanzada desde el cielo; y mientras que a los dueños del aire nos gusta matar sin despeinarnos ni alterarnos -para volver a tiempo de cenar en Tel-Aviv sin tener que pasar antes por la peluquería- a los palestinos de Gaza les gusta matar matándose -pues la rabia y el odio no les permitiría hacerlo de otra forma. Si la “desproporción” israelí se justifica a sí misma, las proporciones humanas de los palestinos se eliminan también a sí mismas. Basta la fotografía del bombardeo israelí para convencernos de la justicia sionista; y basta la fotografía del entierro palestino para convencernos de la culpabilidad palestina.

La diferencia entre israelíes y palestinos se resume en estas dos imágenes, en este contraste que los medios de comunicación, interesadamente o no, alimentan sin descanso: la superioridad estética y teológica de los unos, basada exclusivamente en su armamento, y la inferioridad “natural” de los otros, reducidos de antemano -desde siempre- a pura yesca del fuego de Yahvé, a mero combustible de la Luz Divina. Ningún razonamiento, ninguna súplica, podrán anular esta diferencia; tampoco ningún cohete Qassam. Sólo hay dos maneras de corregir este contraste asentado ya en nuestras retinas y sintetizado mansamente en nuestras miradas: o armamos a los palestinos con misiles, bombas de racimo y fósforo blanco o desarmamos a los israelíes y disolvemos el Estado de Israel. Mientras no ocurra una de estas cosas, de nada sirve que la justicia humana esté de parte de los palestinos en un mundo que babea fascinado -los EEUU, la UE, los gobiernos árabes, la ONU, los medios de comunicación- ante los cuadros de El Bosco que pinta la aviación israelí y la bíblica belleza justiciera que los acompaña. Mientras la justicia humana no nos parezca más justa y más bella que un bombardeo israelí, los palestinos -hagan lo que hagan- sólo conseguirán ensanchar la diferencia y dar pretextos a Yahvé para que los mate desde su remota elegancia imperturbable. No les deis pretextos, no, por favor: no lancéis cohetes, no disparéis fusiles, no saquéis los cuchillos, no defendáis vuestras casas, no protejáis vuestros niños, no gritéis, no lloréis, no comáis, no respiréis. Pero si no hay justicia humana y los palestinos son culpables ante Dios de respirar (¡cuánto más de sangrar!), si hagan lo que hagan han sido ya condenados para siempre, sería vergonzoso condenarlos también -hagan lo que hagan- desde nuestras confortables avionetas morales. Hay ocasiones en que más inmoral que asesinar es precisamente moralizar.

Pero ahora la diferencia se ha reducido un poco. A cubierto de los F-16 en mi casa bien caldeada, estremecido y avergonzado, siento la satisfacción de que los israelíes hayan renunciado a su impunidad divina y hayan entrado en Gaza también por tierra. Todavía inconmesurablemente superiores, se mueven en todo caso a ras de suelo y se vuelven por ello un poco palestinos, un poco humanos, un poco vulnerables; quizás esté incluso justificado matarlos. Quizás incluso mueran unos pocos. Quizás -ojalá-, en vez de miedo o admiración, algunos lleguen a inspirarnos también piedad.

Lo “desproporcionado” se llama Dios; lo “proporcionado” se llama justicia humana. Lo “proporcionado divino” es la belleza; lo “desproporcionado humano” es la compasión. Tal vez en los próximos días veamos por fin la imagen de un tanque israelí destruido por los heroicos defensores de Gaza y nos dejemos llevar luego, tras la alegría, por la desproporción de la compasión -inesperada, incomprensible, irracional- frente al cuerpo de un soldado israelí prisionero o muerto. En ausencia de proporciones, en ausencia de justicia, asesinos ahora expuestos al débil, feo y valiente fuego defensivo, quizás los sionistas, muertos, prisioneros o heridos, posados dolorosamente en tierra, nos parezcan por fin -por primera vez- humanos.

lunes, 18 de febrero de 2008

Formulario para apostatar




Aquí os reproduzco la carta-modelo para apostatar. Sólo hay que rellenarla y enviarla al Obispado correspondiente. Están obligados a borraros de sus listas y a responder, así que si no lo hacen les dirigís un segundo escrito y os ponéis un poco más duros. Ánimo, que os están contabilizando como miembros de su religión y recibiendo dinero para sus campañas políticas en vuestro nombre.



DECLARACIÓN DE APOSTASÍA



Al Arzobispo Excmo. y Rvmo. Sr. D. ____________________________________, titular de la diócesis de ______________________________________________.

Yo, D. ____________________________________________________________,
con DNI n.º ______________________, mayor de edad, con fecha de nacimiento
_____________________ y residente en la población de ____________________ (actualmente en ____________________________________________________
teléfono _______________), que según le consta fue bautizado en la Parroquia de __________________________________________________________________ perteneciente a la diócesis indicada, actuando en nombre e interés propio y hallándose en pleno uso de su libre y espontánea voluntad


MANIFIESTA:


Primero.-
Que, no habiendo encontrado en el Derecho Canónico procedimiento establecido para la tramitación del presente escrito, lo dirijo al Obispo diocesano por las consideraciones siguientes:
- Que el canon 393 del Código de Derecho Canónico dispone que "El Obispo diocesano representa a la diócesis en todos los negocios jurídicos de la misma".
- Que el canon 383.1, establece que "Al ejercer su función pastoral, el Obispo diocesano debe mostrarse solícito con todos los fieles que se le confían (...), así como con quienes se hayan apartado de la práctica de la religión".


Segundo.-
- Que en su día fui bautizado en la fe católica como consecuencia de una decisión tomada por otras personas sin que en ese momento, a causa de mi edad, mediara en modo alguno la participación de mi propia voluntad, y sin que dispusiera de libertad ni conciencia suficientes para emitir un juicio sobre mis convicciones personales.
- Que tras haber meditado durante el tiempo suficiente sobre el significado de mi pertenencia a la fe Católica no hallo ningún pretexto para continuar perteneciendo a la Iglesia Católica, entrando mi voluntad en contradicción con la adscripción a esta institución.
- Que la fidelidad a la propia conciencia es un derecho constitucional inalienable reconocido por la legislación mediante el artículo 16 de la Constitución Española, a la cual ninguna entidad privada o pública puede oponerse.
- Que, por tanto, rechazando totalmente la fe cristiana, me considero incurso en apostasía tal y como la define el canon 751 del Código de Derecho Canónico, por lo que


SOLICITO:


Primero.-
Mi exclusión a todos los efectos –incluso los estadísticos-, del registro de personas bautizadas a la fe católica y el reconocimiento del acto de apostasía que por esta declaración expreso, haciendo uso del legítimo derecho a disponer libremente de las convicciones morales, éticas y religiosas.


Segundo.-
La supresión de todos mis datos personales de sus registros en aplicación de la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal.
También pongo en su conocimiento que me podría ver obligado a llevarle a usted o a los responsables parroquiales a los tribunales de justicia, en el caso de que estos datos sean empleados en cualquier sentido.



Quedando a la espera de la recepción de su escrito de confirmación, reciba un cordial saludo.











En _____________________, a _____ de _____________ de 2.0__